Debajo
de tus pestañas
brillan dos grandes luceros
que por bellos y hechiceros
me están robando la calma,
por ellos, que amar provoca,
no sólo mi vida diera.
Niña hermosa, quién pudiera
besarlos con ansia loca?
Tu belleza que no engaña,
que trastorna y embelesa
tiene la frescura impresa
del arroyo en la montaña.
Ojos, miradme Dios mío!
no importa que seáis fatales
y que como dos puñales
desgarren el pecho mío.
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